
Resulta increíble la frecuencia con la que evitamos poner atención a los detalles y eso suele traernos problemas en nuestras relaciones interpersonales.
Hace algunos años me encontraba en un restaurante disfrutando del momento, cuando de repente observé que un hombre mayor de 70 años cruzaba el comedor llevando un par de helados en sus manos y mientras caminaba hacia su mesa observé que su esposa le esperaba sentada. Al mirar nuevamente a aquel hombre noté que el hizo una cálida señal hacia su esposa mostrando a la distancia que le llevaba un helado. Apenas me di cuenta de esto regresé la vista hacia su esposa la cual dibujó en su rostro una bella sonrisa y una mirada de agradable sorpresa. Esta bella dama proyectó en su rostro esa felicidad que solo puede sentir una persona que se siente profundamente amada por su pareja.
Aquel hombre maduro le regalo a su esposa un bello y sencillo detalle. No parecían necesitar más, no requerían de cosas costosas y superfluas para poder demostrarse su amor. En aquella mesa donde ellos estaban había compañerismo, había comprensión, había humildad, había servicio, había preocupación sincera, había interés genuino del uno por el otro. Sus miradas y la forma en que conversaban mostraban que en aquella mesa había un amor puro entre ambos, en aquella mesa no hacía falta nada.
Salí de ese restaurante aquel día con una enseñanza de vida, salí meditando en aquel hecho. Aquel día adquirí una renovada fuerza interior de emular el ejemplo de aquella bella pareja en mi vida y en mi día a día. En nuestras vidas hay experiencias buenas que se van grabando en nuestro interior cada día y sin darnos cuenta estas ejercen un efecto en nuestro proceder, de allí la importancia de acumular en nuestra vida la mayor cantidad de experiencias positivas para que así podamos gozar de esa influencia positiva diariamente, a fin de que experimentemos gozo en nuestro viaje por esta breve existencia y para que podamos compartir este gozo con aquellos que nos rodean.
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